EFESIOS IV: REDIMIDOS POR DIOS - 5 de Julio 2010 - Blog de Enseñanza - VUELVENOS Caminando en la Senda Antigua
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10:26 PM
EFESIOS IV: REDIMIDOS POR DIOS
Eph 1:7 en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, Eph 1:8 que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,
 
 
 
 

En todo continente, en todo país, en toda ciudad, y en toda familia, la gente se reúne a veces, para llevar a cabo celebraciones. Por ejemplo, la gente celebra los cumpleaños y los aniversarios. Decoramos el lugar. Compramos tarjetas y regalos. Tomamos fotografías o grabamos videocintas, para ayudarnos a recordar la celebración y a todos los que participaron en ella. Como nación que es, en Chile tenemos varios días feriados — el 18 de Septiembre, el Día del Trabajo y el Día de la raza. Estas celebraciones incluyen a la familia, los amigos, las meriendas al aire libre, los fuegos artificiales y los desfiles.
 
A través de estas ocasiones especiales recordamos dónde hemos estado como nación, lo que nos ha traído hasta hoy, aquello por lo cual existimos y la forma como encajamos en la historia. Cuando recurrimos a la Biblia, descubrimos que la celebración más importante de nuestras vidas debe ser la celebración de lo que Dios ha hecho por nosotros a través de Cristo.
 
Toda asamblea pública del pueblo de Dios debería ser una gran celebración acerca de quién es Cristo y de lo que él ha hecho. Las palabras de apertura del libro de Efesios resuenan con celebración en las alabanzas de Pablo hacia Dios por todo lo que él nos ha dado en Cristo. Hallamos en 1.3–14 una sola oración saturada con celebración. En un "trompetazo” de alabanza, Pablo celebró que Dios nos haya bendecido con toda bendición espiritual en Cristo (1.3).
 
Él celebraba que Dios nos había hecho su pueblo escogido en Cristo (1.4). Él celebraba que Dios nos había adoptado para ser sus hijos (1.5). Él celebraba la gracia que se nos ha dado libremente en Cristo (1.6). Luego venimos a esta espectacular declaración: "… en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados, según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros…” (1.7–8). En Cristo celebramos el hecho de que estamos redimidos. ¿Cómo se da a conocer esta celebración?
 
CELEBRAMOS EL SIGNIFICADO DE LA REDENCIÓN
"… en quien tenemos redención por su sangre,…” (1.7). Pablo celebraba la redención en Cristo, pero ¿qué daba a entender con la palabra "redención”? Recuerde estas dos palabras: "condición” y "costo”. La redención nos dice algo acerca de la condición en la cual nos encontrábamos antes de ser redimidos. Un comentarista hizo la siguiente observación: "La idea fundamental de la redención es la de liberar algo o a alguien que ha llegado a pertenecerle a otro”.
 
En el Antiguo Testamento, la redención era el precio que se pagaba para obtener la libertad de un esclavo. La redención fue también lo que Dios hizo por Israel cuando los libertó de la esclavitud en Egipto. La redención significa liberación o libertad del control de otro. Pablo escribió acerca de estar "vendido al pecado” (Romanos 7.14). La redención nos recuerda la condición en la que nos encontrábamos antes de que viniéramos a Cristo. El pecado era nuestro amo. Para comprender el significado de la redención, necesitamos comprender la condición pecaminosa en la que nos encontrábamos. También necesitamos estar conscientes del costo que se pagó para que saliéramos de tal condición. ¿Cuál fue el costo de la redención? Esto fue lo que Pablo dijo: "… tenemos redención por su sangre…”.
 
La redención no fue barata. El costo fue todo lo alto que pudo llegar a ser. Jesús mismo dijo que él vino "a dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10.45). Esto fue lo que Pedro dijo: "… sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,…” (1 Pedro 1.18–19). Hebreos dice que Cristo "… por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9.12). Nuestra redención se realizó al más alto precio que uno se puede imaginar —la violenta muerte del Hijo de Dios. No podemos evitar sentir pesar cuando miramos transmisiones por televisión en las que alguna guerra civil esté ocurriendo en alguna parte del mundo.
 
La gente se levanta todos los días sin saber qué esperar. Las familias se separan todas las mañanas sin saber si se verán unos a otros nuevamente al final del día. Es una situación horrible. Debería hacer que la gente libre como yo, aprecie la relativa seguridad y libertad que tenemos. Lo que disfruto junto con los demás se realizó pagándose un alto precio por ello. Las hileras de cruces blancas que se encuentran en lugares como el Cementerio Nacional de Arlington, donde más de 160.000 americanos muertos en guerra están enterrados, están allí como un recordatorio del precio de la libertad. Jesús puso su vida por nosotros.
 
Si él no hubiera ido al Calvario, no habría esperanza para ninguno de nosotros. Él pagó por nuestra redención. Él es nuestro redentor. ¿Qué hacemos con esta verdad? ¿Simplemente la almacenamos en nuestras mentes? ¿Simplemente cantamos sobre ella? ¿Simplemente la recordamos en forma ocasional? El propósito de Jesús para la verdad de la redención es que ella signifique una importante diferencia en nuestras vidas. Él nos redimió con el fin de que pudiéramos llegar a ser lo que Dios siempre quiso que fuéramos —gente que le honra, que le obedece, que disfruta de su presencia y le alaba. Cuando yo elijo ir en contra de este plan y vivo en el pecado, estoy eligiendo vivir como si su muerte en la cruz nunca hubiera ocurrido; como si no tuviera significado; como si no mereciera ninguna consideración; y como si el derramamiento de su sangre y su muerte por mí no importaran. El significado de la redención es que Jesús pagó el precio marcado en la etiqueta para llevarnos adonde Dios quiere que estemos —fuera del infierno y preparados para el cielo.
 
CELEBRAMOS EL RESULTADO DE LA REDENCIÓN
"En [Cristo] tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados,…” (1.7; énfasis nuestro). El resultado de la redención es el perdón de pecados. El sustantivo "perdón” (del griego: aphesis) viene de un verbo que significa "despedir, mandar, apartar”. Dios despide nuestros pecados. Ya no se interponen entre nosotros y Dios. Los que vivieron bajo el Antiguo Testamento tenían un macho cabrío para la expiación. El día de la expiación, el sumo sacerdote ponía sus manos sobre éste como un símbolo de la transferencia de todos los pecados del pueblo al macho cabrío. El macho cabrío era después llevado fuera, a un lugar remoto en el desierto, de manera que éste no pudiera regresar nunca más al campo.
 
El macho cabrío se había ido, así también nuestros pecados (Levítico 16). Jesucristo llegó a ser nuestro macho cabrío expiatorio. Él llevó nuestra culpa y aceptó el castigo: … más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros (Isaías 53.6). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5.21). … quien llevó él mismo nuestros pecado en su cuerpo sobre el madero,… (1 Pedro 2.24). Una vez se le preguntó a un grupo de gente acerca de sus creencias religiosas.
 
Fueron varias las ideas que se expresaron acerca del cielo y del infierno. Una de las opiniones más comunes, de muchos de los encuestados, fue ésta: Dónde uno pase la eternidad depende de cuán bueno uno sea. En otras palabras, si una persona consigue no enredarse, se preocupa por sus responsabilidades, trata a la gente bien, y parece que es más lo bueno que se puede decir de ella, que lo malo, entonces tal persona irá al cielo. Tal idea no se puede hallar en la Biblia. La Biblia enseña que ninguno de nosotros es bueno lo suficiente, como para ir al cielo: "No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3.10); "… todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23); "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6.23).
 
Los tres versículos citados por sí solos desautorizan la noción de que la bondad hace que la gente llegue al cielo. No tiene nada que ver el que usted sea seleccionado como el más sobresaliente estudiante de su escuela, reconocido por el club cívico como el ciudadano modelo, o respetado en su congregación como la persona que se preocupa y está más llena de compasión. Usted no puede entrar al cielo simplemente porque usted se ve a sí mismo como alguien básicamente bueno. La bondad no nos va a llevar al cielo. Ninguno de nosotros puede ser bueno lo suficiente como para ello. Nuestros pecados se han encargado de que así sea.
 
La primera vez que yo pequé, la primera vez que usted pecó, llegó a ser imposible que nosotros pudiésemos entrar al cielo mediante el ser buenos. Ninguno de nosotros puede hacer algo para "quitarle el pecado” a un pecador. Aparte de lo bueno que podríamos parecerles a otros, no somos aceptables delante de Dios. No podemos hacernos aceptables delante de Dios. Sólo Dios puede hacer esto por medio de perdonarnos. Él lo hace a través de enviar el pecado lejos. Por eso es que celebramos el resultado de la redención —el perdón de pecados.
 
CELEBRAMOS LA MEDIDA DE LA REDENCIÓN
"… en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros…” (1.7–8). Pablo declaró la vastedad y completa realización de nuestro perdón. El punto al cual hemos sido perdonados se mide por los límites de la gracia que Dios hace fluir a nuestras vidas. Dios redime y perdona según las riquezas de su gracia. Dios no tiene una cuota. Dios no le permite a una persona un número determinado de pecados "capitales” que ella mejor no excede. "…Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5.20).
 
Ningún ser humano puede pecar y quedar por ello más allá del alcance de la gracia de Dios. Nuestros pecados nunca podrán ser tan horribles, nunca tan numerosos, que su gracia no pueda hacerse cargo de ellos. La verdad es ésta: La bondad no lo llevará a usted al cielo por más grande que sea el esfuerzo que usted haga; no obstante, el haber pecado excepcionalmente no le excluirá del cielo, si deposita su confianza en Jesús.
 
La cruz confirma que no importa cuán demasiados ni cuán horribles nuestros pecados hayan sido. La gracia de Dios siempre podrá hacer algo respecto a ellos. Los hombres tomaron al Hijo de Dios, el cual era perfecto, lo despojaron de sus ropas y lo azotaron, luego lo colgaron de una cruz para que muriera como un criminal común. Hicieron todo lo que pudieron para humillar, herir y destruir a Jesús. Sin embargo, la gracia de Dios fue más grande que los pecados de ellos. Dios tomó lo que ellos le hicieron a Jesús e hizo posible el perdón a través de la sangre de éste.
 
CONCLUSIÓN
¿Se ha unido a la celebración alguna vez de la redención? Recuerde, la bondad no le llevará al cielo. La única manera de entrar al cielo es estando en Jesús. ¿Está usted en Jesús? Conságrele su vida a él. ¡No lo posponga un día más! La redención es todavía una realidad. El perdón todavía es ofrecido. La gracia todavía fluye.
Categoría: ESTUDIOS | Visiones: 894 | Ha añadido: cristianojpv | Ranking: 0.0/0
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