A LOS GENTILES: LO MEJOR QUE NOS PUDO HABER PASADO - 3 de Julio 2010 - Blog de Enseñanza - VUELVENOS Caminando en la Senda Antigua
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A LOS GENTILES: LO MEJOR QUE NOS PUDO HABER PASADO
«Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo» (Hebreos 8.6– 7).
 
Si el nuevo pacto no fuera más que el antiguo pacto expresado en otras palabras, ¿por qué lo habría dado Dios? Si fuera lo mismo que el primero, habría sido innecesario. El antiguo pacto cumplió su propósito; por lo cual Dios introdujo un nuevo y diferente pacto. El antiguo pacto, con todas sus reglas y normas, tiene algunas semejanzas con el nuevo; pero también tiene importantes diferencias, entre las cuales se incluyen el propósito, el enfoque y, lo más manifiesto, las condiciones que estipula para el perdón de los pecados. Además de las anteriores, hay muchas otras diferencias entre los dos pactos. Algunas se comparan como tipos y antitipos.
 
LOS TÉRMINOS «LEY» Y «PACTO»
En el Nuevo Testamento, el término «ley» se usa para referirse a cualquiera de los mandamientos que Dios dio por medio de Moisés a la nación de Israel. Estos incluyen todo lo que formaba parte del pacto —no solamente los Diez Mandamientos, sino también todas aquellas instrucciones, a las cuales se les llama de varias maneras, tales como «estatutos», «juicios», «mandamientos », «decretos», «preceptos» y «testimonios». En el Sermón del Monte, Jesús habló de la ley (Mateo 5.17). Después pasó a citar dos de los Diez Mandamientos: «No matarás» y «No cometerás adulterio» (Mateo 5.21, 27).
 
También mencionó la «carta» de divorcio, el falso juramento, el cumplir juramentos, la venganza «ojo por ojo, y diente por diente», y el amor al prójimo (Mateo 5.31, 33, 38, 43). Sin embargo, el primero y grande mandamiento de la ley, «Amarás al Señor tu Dios» (Mateo 22.37–38), no se encuentra en la lista de los Diez Mandamientos. Jesús dijo que la ley permitía a los sacerdotes profanar el día de reposo (Mateo 12.5), lo cual podían hacer, evidentemente, por medio de ofrecer sacrificios de animales en el día de reposo (Números 28.9–10). Cuando Pablo citó la ley («No codiciarás»; Romanos 7.7) se estaba refiriendo, obviamente, a los Diez Mandamientos. Escribió que el amor cumple «la ley», después dio a conocer a qué se refería con la expresión «la ley», al citar cuatro de los Diez Mandamientos (Romanos 13.8–9).
 
Santiago también dio a conocer que estaba incluyendo los Diez Mandamientos cuando usó la palabra «ley» (Santiago 2.10–11). Jesús y los anteriores autores inspirados no hicieron diferencia, sino que consideraron parte de la ley todos los mandamientos del Antiguo Testamento. En ninguno de los dos testamentos se hace diferencia entre «la ley de Moisés» y «la ley del Señor». Estos términos se usan de modo intercambiable (Lucas 2.22–24). La ley ha de considerarse ley de Dios porque tuvo su origen en Dios y no en Moisés.
 
Lo que estaba escrito en «el libro de la ley de Moisés» era lo que el Señor había mandado (2o Reyes 14.6). Esta es la razón por la que David pudo decir: «Guarda los preceptos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y observando sus estatutos y mandamientos, sus decretos y sus testimonios, de la manera que está escrito en la ley de Moisés» (1o Reyes 2.3; vea también 2o Crónicas 33.8).
 
Estas normas estaban contenidas «en el libro de la ley de Jehová dada por medio de Moisés» (2o Crónicas 34.14). Al «libro de la ley» (2o Reyes 22.11) también se le llama «libro del pacto» (2o Reyes 23.2). Esdras era «diligente en la ley de Moisés, que Jehová Dios de Israel había dado» (Esdras 7.6). El pueblo le pidió que «trajese el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová había dado a Israel». Más adelante leemos que se hace la siguiente aseveración: «Y leían en el libro de la ley de Dios» (Nehemías 8.1, 8; vea también vers.os 14, 18; 10.29, 34).
 
Todo parece indicar que la ley de Moisés y la ley de Dios eran la misma cosa, tal como se desprende de los anteriores versículos. Cuando el Nuevo Testamento se refiere al «primero» o «antiguo» pacto, siempre están incluidos los Diez Mandamientos. Las expresiones «el libro de la ley de Moisés», «el libro de la ley de Dios» y «el libro del pacto», no se refieren a tres libros diferentes. Asimismo, las expresiones «la ley de Moisés» y «la ley de Dios» tampoco se refieren a dos leyes diferentes, sino a una misma ley. La ley incluía todo lo que Dios había mandado a Moisés, incluyendo los Diez Mandamientos y el resto de la ley que Dios dio por medio de Moisés.
 
Siendo así lo anterior, bien puede hacerse una comparación entre el antiguo y el nuevo pacto, aunque la palabra «pacto» no se use en todos los casos. Al comparar los pactos, la naturaleza distintiva de cada pacto llega a verse claramente. El primer pacto que había entre Dios y la nación de Israel era un acuerdo mediado por Moisés. Estando vigente este pacto, eran bendecidos los que recibían el sello de la circuncisión y obedecían al pacto.
 
El segundo pacto, mediado por Jesús, es para gente de todas las naciones. Para beneficiarnos de este pacto, debemos nacer de Dios, ser sellados por el Espíritu Santo y vivir la nueva vida. Al considerar los dos pactos, el autor de Hebreos hizo la siguiente aseveración acerca del pacto que Jesús ha mediado: «Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas» (Hebreos 8.6).
 
UN MEJOR PACTO
El primer pacto regulaba actos que podían ser juzgados (Levítico 19.15) y castigados por la comunidad (Números 15.30–31). Sus mandamientos eran para una nación de personas, a quienes se les dio para ayudarles a entender cómo conducirse para con Dios y para con los demás. El segundo regula aquellas actitudes del corazón que afectan cómo nos conducimos en nuestra relación con Dios y con los demás. Durante la vigencia de este pacto, el juicio (Mateo 7.1) y el castigo han de dejarse a Dios (Romanos 12.19; 2a Tesalonicenses 1.7–8), que es el único que conoce el corazón (1o Samuel 16.7).
 
El primero era débil en cuanto a lo que podía y no podía hacer por el pecador. El segundo puede hacer todo lo que es necesario por el poder de Jesús. «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (Romanos 8.3).
 
UN MEJOR PROPÓSITO
¿Dio Dios un pacto con defecto? (Vea Hebreos 8.7.) Desde el punto de vista de Dios, era perfecto para el propósito para el cual lo hizo. Por medio de la ley, Dios dio una norma que le dio a conocer al hombre qué es el pecado (vea Romanos 7.7) y qué es pecaminoso (Romanos 7.13). «Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3.20b). De este modo, Dios reveló cómo el pecado es contrario a Su naturaleza (Romanos 3.23), cómo viola Su voluntad (Romanos 4.15), y cuán pecaminoso es (Romanos 7.13).
 
La ley fue dada como una norma para que sirviera de elemento disuasivo del pecado. «Fue añadida a causa de las transgresiones» (Gálatas 3.19). Por medio de ella, todas las personas fueron encerradas bajo pecado (Gálatas 3.22) hasta que la humanidad pudiera ser liberada de tal condenación por medio del Salvador que Dios se propuso enviar. La ley fue dada para estar en vigor con el fin de mantenernos bajo custodia como lo haría un ayo o tutor (Gálatas 3.23–24), mientras venía la simiente, que era Jesús (Gálatas 3.19).
 
Ahora que Jesús ya vino, la ley cumplió su propósito. Ya no estamos bajo ayo, ni tutor (Gálatas 3.25). En cierto sentido, la ley no fue sin defecto (Hebreos 8.7), porque no podía hacer perfecto al pecador (Hebreos 7.19a). Como norma, la ley exigía obediencia total, no permitía una sola violación de ella (Gálatas 3.10; Santiago 2.10). Esta norma nos daba a conocer que no vivimos sin cometer errores pecaminosos. De modo que cumplía con su propósito de tutor (Gálatas 3.25), demostrándonos que somos pecadores con necesidad de un Salvador. El propósito de la ley puede explicarse por medio del relato acerca de un hombre que vivía en Santiago, y que un verano se fue a visitar a un amigo que tenía en Lima. Tanto le gustó la región que le dijo a su amigo que le gustaría mudarse a Lima para cultivar uvas, como las que tenía en Santiago.
 
Su amigo no pudo convencerlo de que tal empresa sería un fracaso, de modo que le animó a plantar su huerto en la ladera más al sur, en la región más cálida de Lima. El primer invierno, la helada llegó temprano; la nieve cayó antes que las plantas de piña pudieran producir fruto alguno. El hombre no le dio importancia a lo sucedido y razonó que la helada había venido temprano ese año, pero que vendría tarde al año siguiente. Lo intentó al año siguiente, obteniendo los mismos resultados. Al final, después de intentarlo durante diez años, aquel hombre reconoció que el clima de Lima no le permitiría a las plantas producir fruto alguno.
 
Dios escogió a Abraham, un hombre de fe justo, y lo apartó a él y a sus descendientes, del mundo inicuo que les rodeaba. Les dio una ley justa para que los gobernara, y les prometió que estaría con ellos. Si había quienes podían haber alcanzado la justicia de Dios por sus buenas obras, debieron haber sido los ciudadanos de Israel, pues Dios los había apartado de las naciones pecaminosas y les había suplido sus necesidades. Aun con tal ventaja, todos pecaron. Al haberle dado a Israel una cantidad suficiente de años para que se convencieran de que nadie puede ganar la salvación bajo la ley, Dios ha demostrado que todas las personas son pecadoras. No podemos salvarnos por las buenas obras; necesitamos un Salvador. Es de esta manera que «la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe» (Gálatas 3.24).
 
Nadie debería insistir en que puede salvarse por su cuenta, sin necesidad de Jesús, pues Dios ha demostrado concluyentemente —por medio de Israel— que aun personas en las mejores circunstancias, son pecadoras y necesitan la ayuda de Jesús para hacerlas justas.
 
UN MEJOR MÉTODO
La ley y el nuevo pacto difieren en la forma como proporcionan justicia. La diferencia está en el énfasis. El primer pacto recalcaba leyes que regulaban las acciones de los hombres, mientras que el segundo trata principalmente las cualidades del espíritu que dominan la carne. El primer pacto se centraba en lo negativo, y le daba poca atención a lo positivo; el segundo pacto se centra en lo positivo, pero nos dice que no hagamos lo malo.
 
En el Sermón del Monte, Jesús dijo que ciertas cosas no han de hacerse. Pablo también habló de cosas que los cristianos no han de hacer. Las anteriores son algunas de las aseveraciones en que se prohíbe algo en el Nuevo Testamento. Los mandamientos neotestamentarios en los que se dice a la gente cómo vivir, son más a menudo positivos que negativos. En el Antiguo Testamento las aseveraciones son más a menudo negativas que positivas.
 
MEJORES PROMESAS
El segundo pacto es mejor que el primero porque sus promesas son mejores que las que se dan en este (Hebreos 8.6). Dios no prometió a los israelitas que la obediencia sería galardonada con salvación eterna (Hebreos 5.9) en los cielos (1era Pedro 1.3–4). En el antiguo pacto no se hace mención alguna de un cuerpo transformado y resucitado, que será semejante a Dios (Filipenses 3.21; 1era Juan 3.2). Estas son promesas que ha hecho a los que viven fielmente bajo el segundo pacto. Estas promesas del nuevo pacto son mucho mejores que las del antiguo pacto, que eran promesas de larga vida y prosperidad material sobre la tierra de Israel (Deuteronomio 5.33).
 
El pacto que Dios hizo con Israel no prometía la vida eterna, ni el cielo. En vista de que no incluía tales promesas, el obtener vida eterna en los cielos no depende de que se guarde ese pacto. Si el antiguo pacto hubiera hecho tales promesas, entonces el nuevo no tendría mejores promesas. Por otro lado, si todo lo que se prometiera bajo el nuevo pacto, fuera una tierra renovada y próspera, entonces este pacto no tendría mejores promesas que el primero. El nuevo pacto es diferente y mejor. Fue establecido sobre mejores promesas (Hebreos 8.6). Además, ha proporcionado un mejor Legislador (Hebreos 3.3), un mejor Mediador (Hebreos 12.24), una mejor esperanza (Hebreos 7.19), un mejor sacerdocio (Hebreos 7.21–24), un mejor sacrificio (Hebreos 9.23), una mejor posesión (Hebreos 10.34; 11.16), y una mejor herencia (1era Pedro 1.3–4).
 
CONCLUSIÓN Dios ha usado diferentes pactos para tratar con diferentes personas. El pacto que dio a Israel por medio de Moisés, es inferior al que dio por medio de Jesús. En la era cristiana, tenemos un mejor pacto, que se ha establecido sobre mejores promesas
Categoría: ESTUDIOS | Visiones: 724 | Ha añadido: cristianojpv | Ranking: 5.0/1
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